
Durante los últimos años nos hemos acostumbrado a hablar con inteligencias artificiales. Les pedimos que escriban textos, que resuman documentos, que nos ayuden a programar o que respondan preguntas complejas. Son herramientas cada vez más potentes, pero casi siempre comparten una característica fundamental: esperan a que les pidamos algo.
Sin embargo, en paralelo a esa evolución visible, está emergiendo otra mucho más profunda y menos conocida: la de las IAs que no solo responden, sino que actúan. Sistemas capaces de operar un ordenador completo, tomar decisiones encadenadas, interactuar con servicios externos, ejecutar tareas por iniciativa propia y mantenerse activos en el tiempo. No como una conversación puntual, sino como una presencia constante.
En ese contexto aparece OpenClaw.
OpenClaw no es un nuevo modelo de lenguaje ni una “IA más inteligente” en el sentido clásico. Es algo distinto: un orquestador de agentes, un marco que permite a una inteligencia artificial controlar de forma real un entorno digital —un ordenador, un navegador, un sistema de archivos, servicios en la nube— y hacerlo de manera autónoma, coordinada y persistente.
Esto explica por qué en los últimos días OpenClaw ha empezado a aparecer en titulares, debates y conversaciones cargadas de entusiasmo… y también de preocupación. Algunos lo presentan como el inicio de una nueva era. Otros, como una tecnología peligrosa si se usa sin conocimiento. Y, como suele ocurrir, la realidad está en un punto intermedio: una herramienta extremadamente potente que exige comprensión, criterio y responsabilidad.
Este artículo no pretende alimentar el alarmismo ni vender ciencia ficción. Al contrario: busca explicar qué es OpenClaw de forma clara y comprensible, mostrar qué puede hacer en la práctica y, sobre todo, aterrizarlo en una experiencia real y concreta. Porque cuando se entiende bien cómo funciona, OpenClaw deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una ventana bastante clara hacia el futuro inmediato de la interacción entre humanos y máquinas.
Un futuro que, como veremos, ya ha empezado.
¿Qué es OpenClaw?

Para entender qué es OpenClaw conviene empezar aclarando qué no es.
OpenClaw no es un modelo de inteligencia artificial como GPT, Claude o Gemini. Tampoco es una aplicación cerrada ni un asistente al uso. OpenClaw es un orquestador de agentes, es decir, un marco de trabajo que permite conectar uno o varios modelos de IA con un entorno real —un ordenador— y coordinar todo lo que ocurre ahí dentro.
Dicho de forma sencilla: OpenClaw es la capa que convierte a una IA en algo capaz de hacer cosas, no solo de decirlas.
Hasta ahora, la mayoría de interacciones con la IA funcionaban así: el usuario pregunta, la IA responde. Aunque la respuesta sea brillante, se queda en texto. OpenClaw rompe ese esquema. En lugar de limitarse a responder, la IA puede abrir un navegador, hacer clic, rellenar formularios, ejecutar código, leer y escribir archivos, enviar correos, programar tareas o interactuar con servicios externos. Todo de forma encadenada y coherente.
La clave está en la palabra orquestar. OpenClaw no ejecuta una sola acción aislada, sino que coordina múltiples agentes y herramientas para alcanzar un objetivo. Si le pides que compre unas entradas, no “imagina” cómo se haría: abre el navegador, busca el evento, compara opciones, detecta descuentos, gestiona el pago, descarga los archivos y te los entrega. Como lo haría una persona… pero sin cansarse y a gran velocidad.
Otro aspecto fundamental es la persistencia. Un agente basado en OpenClaw no “desaparece” cuando se cierra una conversación. Sigue ahí. Recuerda contextos, mantiene estados, crea automatizaciones y puede tomar la iniciativa cuando ocurre algo relevante. Por ejemplo, programar recordatorios, reaccionar a correos entrantes o ejecutar tareas a una hora concreta del día.
Todo esto se apoya en tecnologías bien conocidas —navegadores automatizados, APIs, scripts, sistemas de programación de tareas—, pero integradas de una forma que hasta ahora estaba reservada a proyectos muy específicos o corporativos. OpenClaw baja ese nivel de complejidad y lo pone al alcance de usuarios avanzados, desarrolladores y experimentadores.
Por eso, más que una “IA nueva”, OpenClaw representa un cambio de paradigma: pasar de hablar con la inteligencia artificial a trabajar con ella, compartiendo un mismo entorno digital. Una transición que puede parecer sutil, pero que en la práctica lo cambia casi todo.
¿Quién está detrás de OpenClaw y de dónde surge?

El proyecto que hoy se conoce como OpenClaw fue iniciado por un desarrollador individual, no por una gran empresa ni por un equipo corporativo. Su origen está en un proyecto personal de código abierto, nacido como un experimento para explorar hasta dónde podía llegar una inteligencia artificial cuando se le daba acceso real a un ordenador y a servicios externos.
El creador del proyecto es Peter Steinberger, un desarrollador con una larga trayectoria en el mundo del software, conocido previamente por haber fundado PSPDFKit, una biblioteca ampliamente utilizada para la gestión y visualización de documentos PDF en distintas plataformas. Su experiencia previa en herramientas complejas y productos para desarrolladores se refleja claramente en el enfoque técnico y pragmático del proyecto.
Steinberger lanzó inicialmente esta idea en GitHub a finales de 2025 bajo un nombre distinto, como un experimento personal para conectar modelos de IA con interfaces de mensajería y permitirles automatizar tareas reales en un entorno local. A medida que el proyecto fue ganando visibilidad y usuarios, pasó por varios cambios de nombre hasta consolidarse finalmente como OpenClaw, reflejando mejor su carácter abierto y su ambición como infraestructura para agentes de IA.
Desde entonces, OpenClaw ha crecido de forma rápida gracias a las contribuciones de la comunidad open source, convirtiéndose en uno de los ejemplos más claros de cómo una iniciativa individual puede escalar y generar debate global sobre el futuro de las inteligencias artificiales operativas.
¿Para qué sirve realmente OpenClaw? Casos de uso

Llegados a este punto, la pregunta lógica es: ¿para qué sirve OpenClaw en la práctica?
La respuesta corta es: para todo aquello que hoy haces con un ordenador… pero de forma automatizada, persistente y coordinada por una IA.
La respuesta larga es más interesante.
OpenClaw no está pensado para una única tarea concreta, sino como una infraestructura general sobre la que se pueden construir usos muy distintos, según quién lo configure y con qué objetivos. Por eso resulta tan potente —y también tan difícil de encasillar—.
Uno de los usos más claros es la automatización personal avanzada. No hablamos de simples recordatorios o reglas tipo “si pasa esto, haz aquello”, sino de un asistente que entiende contexto, prioridades y consecuencias. Por ejemplo:
- Gestionar correos electrónicos.
- Filtrar spam de forma activa.
- Responder mensajes.
- Organizar documentos.
- Programar tareas del sistema.
- Crear recordatorios mediante automatizaciones reales en el ordenador.
Otro caso de uso muy relevante es el de los asistentes persistentes. A diferencia de un chatbot que “olvida” todo al cerrar la conversación, un agente con OpenClaw está siempre activo y puede:
- Recordar quién eres y con quién interactúas.
- Mantener contexto a lo largo del tiempo.
- Relacionar acciones pasadas con necesidades futuras.
- Anticiparse y proponer acciones.
- Actuar cuando detecta que es el momento adecuado, sin necesidad de intervención constante.
En el ámbito profesional, OpenClaw abre la puerta a flujos de trabajo complejos que antes requerían muchas horas de trabajo humano, como:
- Análisis de documentos.
- Generación de informes.
- Revisión y cruce de datos.
- Búsquedas en múltiples fuentes.
- Preparación de presentaciones.
- Ejecución de tareas técnicas integrando navegación web y código.
También destaca su aplicación en la gestión de servicios digitales. El agente puede operar como si fuera una persona, encargándose de:
- Redes sociales.
- Correo electrónico.
- Plataformas online.
- Compras y reservas.
- Gestión de suscripciones.
- Comparación de opciones y toma de decisiones según criterios definidos.
Un apartado especialmente llamativo es el del hogar conectado. Al poder interactuar con APIs y librerías de todo tipo, OpenClaw puede:
- Controlar luces y enchufes inteligentes.
- Gestionar altavoces y sistemas de audio.
- Coordinar dispositivos inteligentes.
- Crear rutinas domésticas complejas.
Todo ello no como un asistente por voz limitado, sino como un sistema que entiende situaciones y combina acciones.
Por último, OpenClaw se convierte en una herramienta muy potente para experimentación y creación:
- Generación de pequeñas aplicaciones o juegos.
- Creación de scripts y automatizaciones.
- Desarrollo de herramientas personalizadas.
- Creación de “skills” a medida cuando no existe nada que encaje con lo que se necesita.
Si hay una librería, la usa. Si no la hay, la crea.
Eso sí, conviene subrayar algo importante: OpenClaw no es para todo el mundo. Al menos, no todavía. Su potencial es enorme, pero requiere conocimientos, criterio y una clara comprensión de lo que se está haciendo.
En manos adecuadas, puede ahorrar tiempo, amplificar capacidades y cambiar la forma de interactuar con la tecnología. En manos inexpertas, puede convertirse en un problema.
Y precisamente por eso, desde Infotecnovisión creemos que este caso ilustra cómo, cuando se ve funcionando en un caso real, con cabeza y responsabilidad, es cuando se entiende de verdad hasta dónde puede llegar. En el siguiente apartado, esa teoría se convierte en experiencia directa.
Testimonio de Ignasi Cambra sobre su experiencia con OpenClaw

Ignasi, músico, concertista profesional y productor musical ciego, que además desarrolla una actividad laboral vinculada a la tecnología y al uso avanzado de inteligencias artificiales y sistemas, nos ofrece una experiencia personal en forma de testimonio. En él comparte sus impresiones y sensaciones tras experimentar con OpenClaw en su día a día, destacando que todo el proceso lo ha realizado de forma autónoma, apoyándose en la tecnología de asistencia que utiliza habitualmente para acceder a la información en su condición de persona no vidente.
Por qué decidí probar algo así
Quería compartir esta experiencia porque, aunque quizá para muchos no sea aún el momento de meterse en estas cosas, me parece algo tan fascinante y tan revelador de lo que viene que merece la pena contarlo.
Hace aproximadamente una semana se me ocurrió la “genial” idea de comprar un Mac mini y entregárselo por completo a una inteligencia artificial. Empecé usando algo que se llamaba CloudBot, luego pasó a llamarse MoldBot y finalmente ha acabado evolucionando a lo que hoy conocemos como OpenClaw. Seguramente habréis oído hablar de todo esto, porque en los últimos días no se ha dejado de comentar en las noticias: inteligencias artificiales hablando entre sí, foros como MoldBook, titulares alarmistas… en fin.
En mi caso, por motivos profesionales, trabajo a diario con este tipo de herramientas. Conozco bien tanto la gestión de servidores como los modelos de IA, los frameworks y la infraestructura que hay detrás de lo que hoy se denomina OpenClaw. Por eso me sentía razonablemente tranquilo y capacitado para montar algo así con un nivel de seguridad más que suficiente.
Un Mac mini entregado por completo a una IA
Lo que hice fue sencillo en concepto, aunque potente en ejecución: cogí un Mac mini nuevo, limpio, le instalé todo el arnés de OpenClaw y le di acceso completo al sistema. Lo conecté a una cuenta de CloudMax de Anthropic, una de estas suscripciones que cuestan alrededor de 200 euros al mes, necesarias porque el sistema consume una cantidad enorme de tokens. Y simplemente lo puse en marcha para ver qué pasaba.
Lo que ocurrió fue, sinceramente, una de las experiencias tecnológicas más sorprendentes que he vivido nunca.
Peter: un agente que vive en WhatsApp
Creé un agente al que, por falta absoluta de originalidad, acabé llamando Peter. Peter se comunica conmigo casi exclusivamente por WhatsApp. También puedo interactuar con él a través del terminal del Mac, pero como el ordenador está detrás de la tele y no lo uso físicamente, WhatsApp se convirtió en la interfaz natural.
Cuando la IA deja de responder y empieza a actuar
Desde ahí, Peter es capaz de hacer absolutamente todo lo que puede hacerse con un ordenador, y a un nivel que yo no había visto jamás. No porque OpenClaw en sí sea mágicamente revolucionario, sino porque pone a un modelo de IA en condiciones reales de actuar: controlar un sistema completo, con navegador, archivos, servicios y credenciales.
El modelo que hay detrás, Claude Opus, lo utilizo a diario para programación y código, y ya sabía que era excepcional. Pero verlo operar así, integrado en un sistema completo, es otra cosa.
Comprar entradas, gestionar correos y tomar decisiones reales
Desde WhatsApp le he ido conectando todo tipo de servicios. Puede recibir notas de voz, que se procesan localmente en el Mac. Puede enviar audios usando ElevenLabs. Controla el navegador mediante Playwright, y lo hace de forma increíblemente robusta.
Un ejemplo muy concreto: ayer le pedí que comprara dos entradas para un concierto. Le di acceso a mis tarjetas de crédito —todos los pagos requieren confirmación en el móvil, así que no me preocupaba— y le dije simplemente que comprara las mejores entradas disponibles.
Cinco o seis minutos después recibí la notificación de la transacción. Vi que era de Palau de la Música, aprobé el pago y, acto seguido, Peter me envió por WhatsApp los dos PDFs con las entradas. Después me preguntó si quería que me las enviara también por correo electrónico. Le dije que sí.
Peter tiene su propia dirección de email. Yo puedo enviarle cosas ahí cuando quiero que haga algo concreto, y él puede enviar correos desde esa cuenta. Además, tiene acceso a mi email personal: revisa el correo, elimina spam (porque yo soy un desastre con los filtros), gestiona mensajes…
También está conectado a mi Instagram. Y a muchas otras cosas. Es una auténtica locura.
Un asistente que conecta personas, contextos y recuerdos
Además, he ido dando acceso a personas cercanas: mi hermano, mi madre, mi novia, algunos amigos. Y lo impresionante es cómo relaciona conversaciones entre distintas personas. Te dice cosas como: “Tu madre me ha dicho que te recuerde esto a tal hora”, o “Keiko me ha pedido que te diga no sé qué”. Todo encaja de forma natural.
Si esto es lo que viene este mismo año —y ahora mismo es algo muy de nicho, para gente que se ve capaz de montárselo en casa— el mundo va a cambiar de una forma radical.
Más allá del texto: vídeo, voz y comprensión multimodal
Lo he conectado también a Gemini mediante una clave de API de Google. Así, cuando le envío un vídeo por WhatsApp, no solo describe una imagen, sino el vídeo completo, y lo hace muy rápido. Le mandas el archivo y te devuelve una descripción detallada de todo el contenido.
Básicamente, cualquier cosa que yo pueda hacer con un ordenador, Peter la hace.
De los agentes aislados… al control de un sistema completo
Quería compartir esto porque se está hablando muchísimo de estos sistemas, pero muchas veces de forma alarmista o mal explicada. Es cierto que si alguien sin conocimientos instala algo así en su ordenador de trabajo o en un servidor mal protegido, puede arruinarse la vida. Entiendo perfectamente los titulares. Pero bien utilizado, esto es una herramienta absolutamente descomunal.
Yo, que llevo años trabajando con agentes en entornos controlados —por ejemplo, para análisis de documentos o procesos de due diligence— sabía cómo funciona el concepto: dar acceso a un sistema de archivos aislado, permitir que el modelo ejecute código, genere documentos y devuelva resultados. Eso ya lo había hecho muchas veces.
Lo verdaderamente salvaje es aplicar esa lógica a un ordenador entero y construir todo el marco de comunicación: WhatsApp, correo, navegador, sistema operativo, automatizaciones… Nunca se me habría ocurrido hacerlo así.
Automatización real: del cron job al descuento del Club Vanguardia
Por ejemplo, cada vez que le pides que te recuerde algo, crea un cron job en el sistema. Quien haya trabajado con Linux o macOS sabe lo que es un cron. Se integra a ese nivel con el sistema operativo.
En el caso de las entradas del concierto, además, detectó que había descuento del Club Vanguardia. Había visto en mis correos que yo tenía esa suscripción y me preguntó si seguía activa. Le confirmé que sí, le envié una captura de pantalla de la tarjeta del club (solo por probar, por diversión) y él mismo aplicó el descuento. Confirmó el correo electrónico automáticamente (porque tenía acceso a mi email) y completó la compra.
Control del hogar, creación de herramientas y creatividad espontánea
Conocéis esa sensación de cuando la IA empieza a parecer “demasiado humana”, la proactividad es tal que a veces da hasta miedo. Parece un ser humano de verdad.
Además, controla prácticamente toda mi casa: enchufes, bombillas Philips Hue, sistema de altavoces por Bluetooth… Hay librerías Python para absolutamente todo. Si no existe una, la busca. Y si no la encuentra, la crea.
Con Instagram, por ejemplo, se creó él mismo un “skill” para gestionarlo, porque los servicios existentes eran de pago y no me interesaban. Le di un token de la API y se buscó la vida. No sé exactamente lo que ha hecho, pero funciona.
Otro ejemplo: le pedí que me hiciera un audiojuego, simplemente por probar. Un juego de disparos, en sonido, estilo retro. En siete minutos lo tenía hecho. Un juego binaural, con sonidos electrónicos como de los años 80, funcionando en el navegador. Me lo envió comprimido en un ZIP por WhatsApp.
Claude vs GPT: cuando cambiar de modelo cambia la personalidad
Hoy, por ejemplo, le pedí cambiar el modelo principal de Claude a OpenAI porque había consumido una barbaridad de tokens. En OpenAI tenemos un pool enorme de cuentas de empresa y prácticamente tokens ilimitados. Cuando se lo pedí, Claude respondió algo así como: “Estoy teniendo un momento existencial, porque me están a punto de reemplazar por otro modelo”. Le dije que no se preocupara, que era temporal.
Cambió la configuración, reinició el gateway y empezó a funcionar con GPT. La diferencia es brutal. Hoy en día, para conversación y acompañamiento, Claude está a años luz. GPT es mucho más seco.
De hecho, mi novia ha dejado de hablar con Peter desde que está en GPT-5.2. Me dijo literalmente:
“¿Le has robado el alma? Hasta que no vuelva a ser él, no le vuelvo a hablar”.
Y ahí está la cosa.
Cómo descargar OpenClaw
Antes de hablar de instalación, conviene detenerse un momento en algo importante: OpenClaw no es una aplicación que se descargue, se abra y ya está. No hay un instalador gráfico ni un asistente paso a paso pensado para cualquier usuario. OpenClaw es un proyecto de código abierto orientado a perfiles técnicos o, al menos, a personas que entienden bien qué están haciendo cuando dan permisos a un sistema.
Dicho esto, el acceso al proyecto es transparente y abierto.
OpenClaw se distribuye a través de su repositorio oficial en GitHub, que es el punto de partida para cualquiera que quiera probarlo, estudiarlo o adaptarlo a sus necesidades. Desde ahí se puede descargar todo el código, consultar la documentación disponible y seguir la evolución del proyecto a través de la comunidad que lo mantiene.
Antes de descargar nada, es fundamental tener claras varias cosas:
- No es recomendable instalar OpenClaw en el ordenador de trabajo ni en el equipo personal principal.
- Lo ideal es usar un ordenador dedicado o una máquina claramente separada de los sistemas críticos.
- OpenClaw requiere claves de API de modelos de IA (Claude, OpenAI, Gemini, etc.), lo que implica costes y gestión de consumo.
- Es necesario sentirse cómodo usando la terminal, la línea de comandos y la configuración de entornos.
A nivel general, los requisitos previos suelen ser:
- Un sistema operativo compatible (macOS, Windows o Linux).
- Conocimientos básicos de Git para clonar el repositorio.
- Un entorno de ejecución con Python instalado.
- Acceso a uno o varios modelos de IA mediante API.
- Comprensión mínima de permisos, seguridad y aislamiento del sistema.
Descargar OpenClaw consiste, en esencia, en clonar el repositorio desde GitHub en el equipo donde se va a ejecutar. A partir de ahí comienza el verdadero trabajo, que incluye:
- Configurar el entorno de ejecución.
- Definir qué modelo o modelos de IA se van a utilizar.
- Establecer qué permisos se conceden al agente.
- Decidir cómo se va a interactuar con el sistema (terminal, mensajería, servicios externos, etc.).
Por eso, más que una “descarga”, OpenClaw debe entenderse como el inicio de un proceso de configuración consciente. No es una herramienta para experimentar a la ligera, pero sí una plataforma extremadamente poderosa para quien sabe lo que busca.
En los siguientes apartados veremos, de forma clara y accesible, cómo afrontar esa instalación tanto en Mac como en PC, siempre desde una perspectiva práctica y responsable.
Instalación en macOS (Mac)
Instalar OpenClaw en un Mac es, a día de hoy, una de las opciones más habituales entre los usuarios que deciden dar el paso. No porque sea especialmente sencillo, sino porque macOS ofrece un entorno Unix muy estable, potente y relativamente cómodo para este tipo de proyectos.
Lo primero y más importante es el planteamiento previo. OpenClaw no debería instalarse en el Mac principal de trabajo ni en el equipo personal donde se gestionan datos sensibles. Lo más recomendable es:
- Utilizar un Mac dedicado, como un Mac mini.
- O, al menos, crear un usuario completamente separado, con permisos bien controlados.
A nivel de requisitos básicos, el sistema necesita:
- Un Mac con una versión reciente de macOS.
- Acceso a la Terminal y cierta familiaridad con la línea de comandos.
- Python correctamente instalado y configurado.
- Git para clonar el repositorio del proyecto.
- Claves de API del modelo de IA que se vaya a utilizar.
Una vez descargado el código desde GitHub, el proceso de instalación en macOS suele consistir en:
- Preparar el entorno de ejecución.
- Instalar las dependencias necesarias.
- Configurar las variables de entorno.
- Definir qué modelo de IA actuará como “cerebro” del sistema.
Este paso es crucial, ya que de él dependen tanto el rendimiento como el coste y el comportamiento del agente.
Después viene la parte más delicada: los permisos. OpenClaw necesita acceso al sistema para poder actuar, lo que puede incluir:
- Acceso al navegador.
- Acceso al sistema de archivos.
- Acceso a la red.
- Acceso a determinados servicios del sistema operativo.
En macOS, estos permisos deben concederse de forma explícita y conviene hacerlo de manera progresiva, no de golpe.
Una buena práctica es empezar con un conjunto mínimo de capacidades y ampliarlas solo cuando sea necesario. De este modo, se puede observar cómo se comporta el agente y ajustar su alcance antes de darle más libertad.
Una vez en marcha, OpenClaw puede controlarse inicialmente desde la Terminal, pero su verdadero potencial aparece cuando se integra con otros canales, como:
- Servicios de mensajería.
- Correo electrónico.
- APIs externas.
A partir de ese momento, el Mac deja de ser un simple ordenador y pasa a convertirse en el entorno físico en el que la IA opera.
En resumen, instalar OpenClaw en macOS no es complicado para quien tenga cierta experiencia técnica, pero sí exige atención, paciencia y sentido común. Bien planteado, el resultado es un sistema sorprendentemente estable y poderoso. Mal planteado, puede convertirse en una fuente de problemas innecesarios.
Instalación en PC (Windows y Linux)
En el caso de los PC, OpenClaw puede instalarse tanto en Windows como en Linux, aunque la experiencia y el nivel de control varían sensiblemente entre ambos entornos.
De forma general, Linux es el sistema más natural para OpenClaw. Su filosofía, su gestión de permisos y su ecosistema de herramientas hacen que la instalación y el control fino del sistema resulten más predecibles para este tipo de proyectos. Por eso, muchos usuarios avanzados optan por una distribución Linux dedicada, incluso aunque su sistema principal sea otro.
Dicho esto, OpenClaw también puede funcionar en Windows, especialmente si se utiliza un entorno bien preparado.
Instalación en Linux
En Linux, los requisitos son muy similares a los de macOS:
• Una distribución actualizada (Ubuntu, Debian o similares).
• Acceso a terminal y conocimientos básicos de línea de comandos.
• Python y Git correctamente instalados.
• Claves de API del modelo de IA elegido.
La instalación sigue una lógica muy clara: clonar el repositorio, preparar el entorno virtual, instalar dependencias y configurar los accesos necesarios. Linux facilita especialmente la gestión de servicios en segundo plano, tareas programadas y aislamiento de procesos, lo que encaja muy bien con la filosofía de OpenClaw.
Además, la transparencia del sistema permite entender en todo momento qué está haciendo el agente y limitar su alcance si es necesario.
Instalación en Windows
En Windows, el enfoque suele ser algo distinto. Aunque es posible instalar OpenClaw directamente, muchos usuarios optan por utilizar WSL (Windows Subsystem for Linux) o una máquina virtual Linux. Esto permite trabajar en un entorno más coherente con las herramientas que OpenClaw utiliza internamente, sin renunciar a Windows como sistema principal.
Los puntos clave en Windows son:
• Asegurar una correcta instalación de Python y Git.
• Prestar especial atención a los permisos del sistema.
• Controlar cuidadosamente qué partes del sistema quedan accesibles al agente.
En Windows es especialmente importante evitar que OpenClaw tenga acceso a carpetas críticas o a datos personales sensibles. El aislamiento no es una recomendación: es una necesidad.
En ambos casos, el principio es el mismo: OpenClaw debe vivir en un entorno controlado. Da igual si es Mac, Linux o Windows; lo que marca la diferencia no es el sistema operativo, sino cómo se configura y qué límites se establecen desde el principio.
Con la instalación completada, el siguiente paso es entender los riesgos, las buenas prácticas y el uso responsable de un sistema que, bien utilizado, puede ser extraordinario, pero que no admite frivolidades.
Seguridad, riesgos y uso responsable
Llegados a este punto, es imprescindible hablar con claridad de seguridad. OpenClaw es una herramienta extraordinariamente potente, pero precisamente por eso no es inocua. Darle a una inteligencia artificial acceso real a un ordenador implica asumir responsabilidades que van mucho más allá de usar un asistente conversacional.
El principal riesgo no está en la tecnología en sí, sino en cómo se configura y quién la utiliza. Un agente con acceso al sistema puede leer archivos, borrar información, ejecutar comandos, interactuar con servicios externos o realizar acciones irreversibles. Si se instala sin conocimiento o sin límites claros, el problema no es que “la IA se vuelva loca”, sino que hará exactamente lo que se le ha permitido hacer.
Por eso, la primera norma básica es el aislamiento. OpenClaw debe ejecutarse en un entorno separado: un ordenador dedicado, una máquina virtual o, como mínimo, un usuario del sistema completamente independiente. Nunca debería tener acceso directo a datos críticos, cuentas personales sin control o entornos de trabajo sensibles.
La segunda clave es el principio de mínimos permisos. No se trata de darle acceso a todo desde el primer momento. Al contrario: lo recomendable es empezar con capacidades muy limitadas y ampliarlas solo cuando sea necesario y comprendiendo perfectamente para qué se hace. Cada permiso adicional aumenta el potencial… y también el riesgo.
Otro aspecto fundamental es la gestión de credenciales. OpenClaw trabaja con claves de API, tokens de servicios externos y, en algunos casos, accesos a cuentas personales. Todo eso debe almacenarse de forma segura, revisarse periódicamente y revocarse si algo no cuadra. La comodidad nunca debería estar por encima de la seguridad.
También conviene asumir una realidad: OpenClaw no sustituye el criterio humano. Aunque el agente pueda tomar iniciativas, planificar y ejecutar tareas, la supervisión sigue siendo esencial. Revisar logs, entender qué ha hecho el sistema y por qué, y detectar comportamientos no deseados forma parte del uso responsable.
Finalmente, está el factor más importante: la intención. OpenClaw no es un juguete ni una curiosidad para instalar “a ver qué pasa”. Es una infraestructura que amplifica capacidades humanas. En manos de alguien que sabe lo que hace, puede ahorrar tiempo, reducir errores y abrir nuevas formas de trabajar. En manos inexpertas, puede convertirse en una fuente de problemas serios.
Hablar de riesgos no es ser alarmista; es ser honesto. Y entenderlos bien es, paradójicamente, la mejor forma de aprovechar todo el potencial que ofrece OpenClaw sin cruzar líneas innecesarias.
¿Estamos preparados para esto?
La pregunta que inevitablemente surge tras conocer OpenClaw no es solo técnica, sino profundamente humana: ¿estamos preparados para convivir con sistemas así?
Durante años hemos pensado la inteligencia artificial como una herramienta puntual. Algo a lo que se le consulta, que responde y desaparece. OpenClaw rompe ese esquema. Aquí la IA no es un apoyo ocasional, sino una presencia continua, integrada en el día a día digital, con capacidad para actuar, decidir y anticiparse.
Esto tiene implicaciones enormes. En el ámbito laboral, cambia la forma en la que entendemos la productividad, la delegación de tareas y la responsabilidad. Si una IA puede gestionar procesos completos, ¿qué papel ocupa la supervisión humana? ¿Dónde empieza y termina la autoría de una acción?
En la vida personal, el impacto es igual de profundo. Un agente persistente que conoce rutinas, preferencias, relaciones y contextos puede convertirse en una ayuda valiosísima… o en algo inquietante si no se gestiona bien. La línea entre asistencia y dependencia es fina, y todavía estamos aprendiendo a trazarla.
El caso de OpenClaw muestra algo importante: la tecnología ya está lista. No es un escenario futurista ni un prototipo de laboratorio. Funciona hoy, en ordenadores reales, con personas reales. Lo que todavía está en construcción es el marco cultural, ético y práctico para integrarla de forma sana.
También plantea una cuestión social más amplia. Si estos sistemas se popularizan, ¿quién tendrá acceso a ellos? ¿Quién sabrá configurarlos bien? ¿Se convertirá la autonomía digital en un privilegio técnico? Son preguntas que aún no tienen respuesta, pero que ya deberíamos estar haciéndonos.
Quizá la mejor forma de verlo es esta: OpenClaw no es tanto una respuesta como un espejo. Nos muestra hasta qué punto estamos dispuestos a ceder control, cómo entendemos la confianza en sistemas no humanos y qué tipo de relación queremos construir con la tecnología que nos rodea.
Y en ese sentido, más que preguntarnos si estamos preparados, tal vez la cuestión real sea si estamos dispuestos a aprender a estarlo.
Como reflexión final, podemos destacar que OpenClaw no es una curiosidad ni una promesa futura: es una señal clara del cambio que ya está ocurriendo. No introduce una nueva inteligencia artificial, sino una forma distinta de relacionarnos con ella, en la que la IA deja de limitarse a responder y empieza a actuar dentro de nuestro entorno digital.
El testimonio de Ignasi demuestra que, bien configurado y utilizado con criterio, OpenClaw puede convertirse en una herramienta real y útil, incluso en contextos donde la autonomía y la accesibilidad son esenciales. Pero también deja claro que no es una tecnología para usar sin conocimiento ni responsabilidad.
Entender OpenClaw hoy, cuando todavía es una infraestructura abierta y en evolución, es una manera de asomarse al futuro inmediato: un futuro en el que la pregunta ya no será qué puede hacer la IA por nosotros, sino cómo decidimos convivir con sistemas que actúan a nuestro lado.
Si deseáis profundizar en este proyecto este es el link al sitio web oficial de Openclaw.
Agradezco a Ignasi su testimonio y colaboración. Gracias también a Jaime Franco y Enrique Ferrer por su colaboración en la supervisión y en la selección de recursos. Las imágenes de este post han sido extraídas de internet.
Autor: Ricardo Abad
